LA NEUROCIRUGÍA EN LA EDAD ANTIGUA

De Neurowiki

En Oriente Medio y en Asia la trepanación apenas fue practicada y no existen indicios claros de que se hayan realizado este tipo de intervenciones. En los pueblos mesopotámicos, según testimonios extraídos del código de Hammurabi (aproximadamente siglo XX antes de nuestra era), se describen algunas operaciones, pero ninguna dentro del campo neuroquirúrgico (Foto 4). En uno de los párrafos del código de Hamourabi puede leerse: “si un médico trata a un hombre libre de una herida grave con un cuchillo de bronce y el hombre muere, se le cortarán las manos". Parece probable que los cirujanos sumerios y caldeos realizasen deducciones semejantes a las de los aztecas y evitasen cuidadosamente las arriesgadas intervenciones neuroquirúrgicas, con el fin de poder seguir practicando operaciones más sencillas.

En la India antigua existen algunas descripciones de intervenciones intracraneales, pero resultan absolutamente increíbles y deben de ser tomadas como relatos novelescos o milagrosos antes que como descripciones operatorias. No hay pues evidencia de que se realizasen trepanaciones en India como tampoco la hay de que tales intervenciones tuviesen lugar en China, Corea o Japón, en la época que nos ocupa.


EGIPTO

Mucha mayor importancia adquirió la Neurocirugía durante los 40 siglos de desarrollo de la gran civilización egipcia. A través de los papiros de Ebers (Foto 5 y Foto 6), Edwin Smith (Foto 7) y de Hearst (Foto 8), todos ellos fechados aproximadamente hacia el año 1550 a. J. C, sabemos que los egipcios poseían grandes conocimientos anatómicos quizá en gran parte debidos a que, gracias a la práctica del embalsamamiento, realizaban investigaciones post-mortem, que en cierto sentido pueden considerarse como auténticas disecciones. Esta práctica del embalsamamiento probablemente les permitía también observar más profundamente las heridas o lesiones que ya habían sido tratadas en el vivo. Por otra parte, en el antiguo Egipto los mataderos donde los animales se sacrificaban estaban vigilados por médicos, lo que quizá pudiera contribuir también a aumentar sus conocimientos anatómicos. Es bien sabido que el cerebro se sacaba de los cadáveres a través de la nariz, valiéndose de un hierro curvo en forma de garfio que era introducido a través del etmoides hasta la cavidad craneal. El cerebro se maceraba y después se extraía. Anteriormente a este proceder se practicó también en algún caso la extracción del cerebro por el foramen magno. Más raramente se practicaba un orificio artificial en la base del cráneo que llamaban foramen laceratum. Más tarde introducían resina fundida dentro de la cavidad craneal.

En lo que respecta a la Anatomía, conocían naturalmente el cerebro, las meninges y el líquido cefalorraquídeo.

Respecto a los traumatismos cráneo-encefálicos, sabían que algunos traumatismos se acompañaban de estrabismo, hemiplejia y otorragia. Relacionaban la sordera con las fracturas del hueso temporal y describieron la risa sardónica en los traumatismos craneales infectados.

Respecto a los traumatismos raqui-medulares, conocían la impactación de las vértebras, y la tetraplejia que acompaña a los traumas cervicales, con sus consecuencias de incontinencia de esfínteres y priapismo.

Respecto al pronóstico, eran cautos y son conocidas las formas en que lo expresaban:

Una dolencia que yo trataré; para los casos más benignos.

Una dolencia que debo combatir; en los casos dudosos.

Una dolencia que no debo tratar; para los casos que pensaban que no iban a beneficiarse del tratamiento, por su extrema gravedad. Conocían el mal pronóstico de los traumatismos cerebrales en los que observaban que el cerebro no latía.

En relación con el tratamiento, apenas realizaron intervenciones quirúrgicas ya que, hasta el momento, sólo se tienen noticias de tres cráneos que hayan sido trepanados, lo que dentro de la gran proporción de traumatismos craneales que se producían en Egipto como consecuencia de las guerras, la caza y probablemente también de los accidentes del trabajo de la construcción de las pirámides, resulta una cifra extraordinariamente escasa. En algunos casos, sin embargo, realizaban la extirpación de las esquirlas, aunque más utilizados eran los tratamientos conservadores. Los hundimientos del cráneo eran tratados con huevos de avestruz mezclados con grasa aplicados a la herida y posteriormente se aplicaba un vendaje al tiempo que se pronunciaba un sortilegio. Las cefaleas se trataban con semillas de pino, hígados de aves, huesos de pescado, incienso y otras drogas. La jaqueca, que era separada de la cefalea, era tratada mediante el roce de la cabeza con un pescado, por espacio de varios días. Parece ser que conocían el Parkinson y era tratado también con pescado, cerveza y sandía. En el papiro de Berlín se aconseja la utilización de la orina como remedio para la epilepsia.

Las heridas del cuero cabelludo, en términos generales, eran tratadas mediante sutura, emplasto y vendajes.

Parece indudable que los egipcios localizaban en el cerebro las funciones mentales y psíquicas y resulta probable que relacionasen la dilatación de la pupila con la hipertensión intracraneal.


GRECIA

Gran desarrollo tuvieron todas las Ciencias Médicas entre los griegos, ya que la civilización Helénica constituyó un lugar de convergencia de las otras grandes civilizaciones mediterráneas. Los saberes médicos griegos, paralelamente a su civilización, tuvieron su apogeo entre el siglo V y III a. J. C, momento de esplendor de la Medicina y de la Cirugía griegas. Un gran mérito en este desarrollo le corresponde al gran médico Hipócrates nacido en el año 460 a. J. C. en la isla de Cos (Foto 8). Una gran parte de los escritos de Hipócrates, de sus discípulos y probablemente de otros médicos de la época, se recogen en el llamado Corpus Hippocraticum (Foto 9), que constituye una recopilación de 72 libros, de los que seis tratados están dedicados a la Cirugía, y uno de ellos a las heridas en la cabeza. El gran mérito de Hipócrates y de su escuela consiste en hacer, enseñar y propugnar una medicina científica, basada en la observación y el razonamiento, de la que eliminan las causas mágicas y religiosas. Muy demostrativo es el juicio que hace del mal sagrado, es decir de la epilepsia. Refiriéndose a esta enfermedad indica Hipócrates, que a pesar de su nombre la enfermedad no tiene causas sagradas sino que son las lesiones del cerebro las responsables de la sintomatología epiléptica, como lo prueban las lesiones que se encuentran en los cerebros de las cabras epilépticas. Puede afirmarse por tanto que Hipócrates sacó a la Medicina y a la Cirugía de las garras de la superstición y de la magia y la entregó al vuelo de la observación, la razón, el método y el buen sentido. La escuela Hipocrática concedía gran valor a la fuerza curadora de la naturaleza (Vis medicatrix naturae) y su espíritu humanístico queda patente en el “primum non nocere", que impregnó toda su actuación terapéutica. Trataban las heridas con remedios simples como agua con vinagre, vino, aceite y miel. Eran partidarios de las heridas secas, limpias y trataban de aproximar sus bordes por todos los medios posibles. Recomiendan tener el instrumental siempre limpio y ordenado para poder utilizarlo en las urgencias y aconsejaban realizar todas las intervenciones con gran meticulosidad, limpieza y cuidado.

Realizaron trepanaciones, especialmente en los traumatismos de cráneo, epilepsia, ceguera y alguna cefalea. Refrigeraban el trépano con agua fría para evitar el calentamiento por fricción del mismo con el hueso. También procuraban no herir la duramadre durante la trepanación.

Desde el punto de vista anatómico los griegos distinguían en la cabeza, la frente o metopion, la región temporal o crotafos, la sincipital o bregma y la occipital o ínion. La cavidad craneal está ocupada por el "enkefalos" y la órbita por el "oftalmos". Parece ser que no localizaban las funciones superiores en el cerebro.

Los poemas homéricos de las guerras de Troya nos proporcionan también datos para el conocimiento de la Neurocirugía de la época. En la Ilíada y la Odisea se describen siete heridas mortales de cráneo de las cuales cinco presentaban fractura ósea, y cuatro no mortales. Interesante es la descripción de algunos traumatismos cráneo-encefálicos: “A Herimante metióle Idomeneo el cruel bronce por la boca; la lanza le atravesó la cabeza por debajo del cerebro, rompió los blancos huesos y conmovió los dientes; los ojos llenáronse con la sangre que fluía de las narices y de la boca abierta y la muerte, cual si fuese oscura nube, envolvió al guerrero". El canto XVII de la Ilíada, con una hermosa comparación homérica, nos refiere otro traumatismo de cráneo: "Euforbo cayó con estrépito, resonaron sus armas y se mancharon de sangre sus cabellos... Cual frondoso olivo que plantado por el labrador en un lugar solitario donde abunda el agua, crece hermoso, es mecido por el viento de toda clase y se cubre de blancas flores; y viniendo de repente el huracán lo arranca de la tierra y lo tiende en el suelo; así el átrida Menelao dio la muerte a Euforbo" (Albarracín).

Otro médico famoso en la época griega fue Herófilo, probablemente el primero que realizó disecciones en el cadáver y el primero también que desde un punto de vista anatómico moderno describió estructuras cráneo-encefálicas. Fue Herófilo el primero que distinguió claramente entre cerebro y cerebelo, describió los plexos coroides, el cuarto ventrículo y la prensa o confluente venoso a que ha quedado ligado su nombre.

Desde el punto de vista técnico eran los médicos griegos minuciosos y hábiles especialmente en la exploración de las heridas así como en la trepanación. En el capítulo del Corpus Hippocraticum dedicado a heridas de la cabeza, describen: la fractura simple, la contusión, la fractura con hundimiento, la lesión aguda acompañada de fractura y contusión o no y las lesiones por contragolpe.


ROMA

En los siglos ya próximos al inicio de la era cristiana, el centro de la civilización se va desplazando desde Grecia hacia Italia, en donde ya los etruscos habían desarrollado notablemente el arte médico. Algunos instrumentos, por cierto parecidos a los de la América precolombina, hacen pensar que este pueblo etrusco había practicado algunas trepanaciones.

En sin embargo en Roma, en esta época, en donde convergen ahora los saberes y civilizaciones próximas al Mediterráneo. No fue, sin embargo, la cirugía una de las ciencias más favorecidas por la civilización romana. Los romanos solían considerar la cirugía como un oficio propio de esclavos y como los griegos eran hábiles y experimentados, era frecuente que fueran los esclavos griegos los que practicasen los tratamientos quirúrgicos en la Roma Imperial. Galeno (Foto 10), uno de los médicos más famosos de esta época, aunque había adquirido cierta experiencia quirúrgica en el tratamiento de los gladiadores, refiere que de haber permanecido en países asiáticos habría seguido practicando la cirugía, pero al pasar a la capital, Roma, siguió la costumbre allí existente y abandonó la cirugía en manos de los cirujanos.

Uno de los pocos cirujanos romanos fue Celso (Foto 11), quien opinaba que el cirujano debía ser joven o de edad media, de cabeza clara y mente firme, tan hábil con la mano derecha como con la izquierda, dotado de visión clara y perspicaz, espíritu intrépido y sin otro sentimiento de piedad que el de curar a sus enfermos. Aconsejó la trepanación para las heridas graves de la cabeza y como es sabido describió los cuatro síntomas cardinales de la infección: calor, dolor, rubor y tumor. Utilizó con habilidad el cauterio como agente hemostático y para la extirpación de los tumores. Describe también Celso, minuciosamente, el instrumental para la trepanación: el trépano perforativo o terebra y el de corona o modiolus, ya utilizados por los hipocráticos. También describe un aparato para evitar la ruptura de las meninges o guardameninges. También en esta época se describen los primeros trépanos que presentaban un tope que impedían la perforación accidental de las meninges y del cerebro.

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